Los migrantes sufren violaciones y torturas en Yemen

WSAV Ahora

En esta imagen del 20 de julio de 2019, la inmigrante etíope de 20 años Zahra, víctima de violación, se ajusta el velo para una fotografía en Basateen, un distrito de Adén, Yemen. Estuvo un mes retenida en una choza con tejado de hojalata, hambrienta y asfixiada de calor, recibiendo órdenes cada día de llamar a su familia para pedirles que enviaran 2.000 dólares. Dijo que no tenía familia a la que pedir dinero y pidió que la liberaran. En lugar de eso, sus captores la violaron. (AP Foto/Nariman El-Mofty)

RAS AL-ARA, Yemen (AP) — Zahra lo pasó mal en la travesía por las aguas azules del Golfo de Adén, aferrando las manos de otros migrantes. Cientos de hombres, mujeres y adolescentes bajaron de la embarcación y atravesaron las olas que rompían en la orilla para llegar agotados a las costas de Yemen.

La etíope de 20 años vio hombres armados con rifles automáticos que los esperaban en la playa y se encogió de miedo. Había oído las historias de otros migrantes sobre brutales traficantes de personas, que acechaban como monstruos en una pesadilla. Se les conoce por el apodo árabe Abdul-Qawi, que significa Adorador de los Fuertes.

“¿Qué harán con nosotros?”, se preguntó Zahra.

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Este despacho forma parte de una serie, “Externalizando a los migrantes”, producida con apoyo del Centro Pulitzer de Periodismo de Crisis.

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Ella y otros 300 africanos acababan de soportar seis horas hacinados en un bote de madera de contrabandistas para cruzar el pequeño estrecho entre el Mar Rojo y el Golfo de Adén. Cuando desembarcaron, los traficantes los metieron en camiones y los llevaron a varios complejos destartalados en el desierto, en las afueras del pueblo costero de Ras al-Ara.

Ahí estaba la respuesta de Zahra. Estuvo un mes retenida en una choza con tejado de hojalata, hambrienta y asfixiada de calor, recibiendo órdenes cada día de llamar a su familia para pedirles que enviaran 2.000 dólares. Dijo que no tenía familia a la que pedir dinero y pidió que la liberaran.

En lugar de eso, sus captores la violaron. Y violaron a las otras 20 mujeres que estaban con ella, durante semanas, hombres diferentes cada vez.

“Usaron a todas las chicas”, dijo a The Associated Press. “Cada noche había violación”.

Con su tortura sistemática, Ras al-Ara es un infierno especial en el duro viaje de 1.400 kilómetros (900 millas) desde el Cuerno de África a Arabia Saudí, un país rico en petróleo. Los migrantes salen de su casa, calzados con sandalias y llenos de sueños sobre escapar de la pobreza. Caminan a través de montañas y desiertos, tormentas de arena y temperaturas de hasta 45 grados Celsius (113 Fahrenheit), sobreviven con migajas de pan y agua salada de pozos centenarios.

En Yibuti, largas filas de migrantes descienden en fila de a uno por las laderas de la montaña hasta la costa rocosa, donde muchos ven el mar por primera vez y terminan embarcando. Algunos consiguen cruzar Yemen en medio de una guerra civil, solo para verse atrapados y arrojados de nuevo al otro lado de la frontera. Los afortunados llegan al reino y se ganan la vida como obreros o servicio doméstico.

Pero otros se quedan atrapados en una pesadilla en Yemen, debido en parte a que Europa ha cerrado sus puertas, externalizando a los migrantes a otros países.

Más de 150.000 migrantes desembarcaron en Yemen en 2018, un aumento del 50% desde el año anterior, según la Organización Internacional para las Migraciones.

Este año habían llegado más de 107.000 para finales de septiembre, junto con quizá decenas de miles más a los que la organización no logró rastrear, o que fallecieron y fueron quedando en tumbas por el camino.

La Unión Europea ha enviado fondos a Etiopía para que persiga a los traficantes de personas e intensifique los controles de frontera. Las detenciones de intermediarios conocidos han hecho que los migrantes acudan a traficantes poco fiables, lo que implica tomar rutas más peligrosas y aumenta el riesgo de abusos.

Muchos de esos migrantes terminan en Ras al-Ara.

AP habló con más de dos docenas de etíopes que sobrevivieron a las torturas allí. Casi todos dijeron haber visto muertes, y un hombre murió de hambre horas después de que AP lo viera.

Las autoridades yemenís ignoran en gran parte las detenciones y torturas. AP vio camiones llenos de migrantes que pasaban sin ser molestados por controles militares en su trayecto desde las playas para dejar su cargamento humano en los diferentes complejos en el desierto, conocidos como “hosh” en árabe.

“Los traficantes se mueven libremente, en público, dando sobornos en los controles de seguridad”, dijo Mohammed Said, ex guardacostas y que ahora gestiona una gasolinera en el centro de la población.

Los contrabandistas son yemeníes y etíopes conocidos. Uno de ellos, un yemení llamado Mohammed al-Usili, dirige más de 20 hosh y se mueve por la ciudad en una camioneta deportiva Nissan de color rojo.

Otros pertenecen a los sabaha, una de las tribus más grandes del sur de Yemen, que tiene algunos miembros famosos por su implicación en negocios ilícitos. Los yemeníes describen a los sabaha como “bandidos” sin lealtades políticas a ninguno de los bandos enfrentados en la guerra.

De vez en cuando, algunos etíopes escapan o son liberados y llegan tambaleándose desde el desierto.Eman Idress, de 27 años, y su esposo estuvieron ocho meses retenidos por un traficante etíope. Ella narró las salvajes golpizas que recibieron, que le dejaron una cicatriz en el hombre. El traficante recibió 700 dólares para llevarla a Arabia Saudí, pero no la dejaba ir porque “me deseaba”.

Varios hombres jóvenes mostraron profundas heridas en los brazos de las cuerdas con las que les habían atado. Uno que tenía magulladuras de haber sido azotado con un cable dijo que todas las mujeres encarceladas con él en el hosh habían sido violadas y tres hombres habían muerto.

Otro, Ibrahim Hassan, temblaba al demostrar cómo le habían atado hecho un ovillo, con los brazos a la espalda y las rodillas pegadas al pecho. El joven de 24 años dijo que había estado 11 días seguidos atado así, y sufrió palizas frecuentes.

Hassan dijo que le habían liberado después de que su padre fuera puerta a puerta en su ciudad natal para pedir prestados los 2.600 dólares que pedían los traficantes.

“Mi familia es extremadamente pobre”, dijo Hassan deshaciéndose en lágrimas. “Mi padre es campesino, y tengo cinco hermanos”.

En el hospital de Ras al-Ara, cuatro hombres que parecían esqueletos vivientes se sentaban en el suelo, tomando un poco de arroz de un bol con sus delgados dedos. Los huesos se les marcaban en la espalda y el torso. Como no les quedaba grasa en el cuerpo, se sentaban en telas enrolladas porque sentarse directamente sobre sus huesos era demasiado doloroso. Habían estado meses retenidos por los traficantes, que les daban de comer sobras de pan y un sorbo de agua una vez al día, dijeron.

Abdu Yassin, de 23 años, dijo que había acordado en Etiopía pagar unos 600 dólares por todo el viaje a través de Yemen y la frontera saudí. Pero cuando llegó a Ras al-Ara, le llevaron a un recinto con otras 71 personas y los traficantes exigieron 1.600 dólares.

Yassin lloró al describir sus cinco meses de cautiverio. Mostró las marcas de los latigazos en la espalda, las cicatrices en las piernas de cuando le quemaron con hierros al rojo vivo. Tenía un dedo torcido después de que se lo machacaran con una piedra. Un día le ataron las piernas y lo colgaron boca abajo “como una oveja sacrificada”.

Pero lo peor era el hambre.

“Por el hambre, mis rodillas no pueden con mi cuerpo”, dijo. “No me he cambiado de ropa en seis meses. No me he lavado. No tengo nada”.

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